Gabinetes de tarot en Barcelona: por qué cerré el mío
El día que devolví las llaves de Torrijos me senté en un banco de la plaza de la Virreina y me eché a llorar. Y aun así fue la decisión correcta.
El 30 de junio de 2016 devolví las llaves del principal de la calle Torrijos donde había tenido consulta trece años. Bajé, me senté en un banco de la plaza de la Virreina y me eché a llorar como una tonta.
Sigo pensando que fue la decisión correcta. Y como en Barcelona hay bastante gente buscando «gabinete de tarot», me parece justo contar por dentro cómo funciona uno.
El gabinete de la calle Verdi
Yo empecé en 1994 en un gabinete ajeno, en la calle Verdi. Leía los sábados por la tarde mientras seguía trabajando de auxiliar en una residencia del Guinardó.
Era un piso con tres habitaciones y tres personas leyendo. Había una señora en la entrada que cogía el teléfono y cobraba. Los sábados por la tarde entraba gente sin cita, se sentaba en el recibidor y esperaba su turno como en el médico.
De lo que cobraba una consulta, a mí me llegaba menos de la mitad. El resto era el alquiler, la señora de la entrada y el beneficio del dueño, que no leía las cartas: llevaba el negocio. Aquello era normal y a nadie le parecía mal, ni a mí.
Las cuentas de un local
En 2003 abrí el mío en Torrijos. Y ahí aprendí la lección que quiero contarte, que no va de tarot: va de aritmética.
Un principal en Gràcia con dos habitaciones tenía un alquiler que había que pagar los doce meses del año, incluido agosto, cuando en este oficio no llama ni el apuntador. Súmale luz, teléfono, seguro y autónomos.
Eso significa que cada mañana empiezas debiendo dinero. Y ese hecho, que parece administrativo, te cambia por dentro de tres maneras:
- Subes el precio. No puedes cobrar ocho euros los quince minutos: no sale. Tienes que estar en cuarenta o cincuenta la sesión.
- Alargas. Si la respuesta estaba en veinte minutos pero has cobrado una hora, hay una vocecita que te dice que llenes la hora.
- Empiezas a mirar los huecos de la agenda. Y cuando miras los huecos de la agenda ya no estás escuchando igual.
Nadie decide un día ponerse a exprimir a la gente. Se llega ahí poco a poco, empezando cada mes con un alquiler que pagar.
Yo no llegué a lo peor, y no por virtuosa: llegué a alargar consultas y a proponer segundas citas que probablemente no hacían falta. Cuando me di cuenta de que lo hacía, ya llevaba un tiempo haciéndolo.
El local como argumento
Hay otra cosa del gabinete de la que se habla poco: el local convence.
Una sala de espera, una puerta, una mesa buena y una persona que te recibe hacen que aquello parezca una consulta profesional, como la de un fisioterapeuta. Y esa sensación no la produce la calidad de la lectura. La produce la carpintería.
Es importante que lo sepas, porque en este oficio no hay colegio profesional, ni licencia, ni examen. Cualquiera puede alquilar un bajo en el Eixample, poner unas cortinas y abrir mañana. El local no acredita nada, y sin embargo tranquiliza muchísimo. Esa distancia entre lo que acredita y lo que transmite es exactamente donde trabajan los que estafan.
Las historias más caras que me han contado no empezaron en un teléfono raro. Empezaron en un sitio bonito, con alguien que trataba muy bien.
Por qué cerré
En 2015 ya atendía más llamadas que visitas. Llevaba desde 2009 leyendo por teléfono a clientas que se habían mudado, y aquello no dejaba de crecer.
Hice la cuenta una noche, en la cocina, con un papel. Si cerraba el local, podía bajar los precios a menos de la mitad, atender de madrugada, no alargar nunca una consulta y seguir viviendo de esto. Lo único que perdía era el sitio.
Tardé un año en atreverme. Ya te he dicho cómo acabó el día de las llaves.
Qué buscar en su lugar
Si aun así prefieres ir a un sitio, me parece perfecto, hay profesionales estupendos con local. Solo te pido que mires estas cuatro cosas, que valen tanto para un gabinete como para un teléfono:
- El precio, publicado y cerrado, antes de sentarte.
- Que puedas irte a la mitad pagando solo lo hablado.
- Que no exista un segundo nivel: ni trabajos, ni limpiezas, ni sesiones especiales más caras.
- Que la primera pregunta sea para ti, no un discurso sobre tu aura antes de saber cómo te llamas.
Lo tienes todo desarrollado en las siete preguntas, y las diferencias concretas entre ir y llamar, aquí.
De Torrijos me quedé con las dos sillas de enea. Una la uso todos los días. La otra está vacía delante de mí mientras leo, y no la quito.