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Retrato de Marta Tezanos apoyada en la ventana de su casa de Gràcia, en Barcelona

Sobre mí

Me llamo Marta y llevo treinta y dos años leyendo cartas

Nací en Selaya, en el valle del Pas, en octubre de 1971. Vivo en Barcelona desde los diecinueve años y en el barrio de Gràcia desde hace más de veinte. Tengo una hija, Nora, que vive en Berlín y que no cree en el tarot ni un poquito.

No me llames maestra, ni madame, ni doña nada. Marta está bien.

Fotografía antigua en blanco y negro de Carmen Ruiz, abuela de Marta Tezanos, con cartas de baraja española sobre el hule de la cocina

Conoce mi historia

La Carmina y la mesa de la cocina

Mi abuela materna se llamaba Carmen Ruiz Cobo y en el pueblo era «la Carmina». Leía la baraja española en la mesa de la cocina, después de fregar, a las vecinas que se acercaban con un problema. Nunca cobró. A veces le dejaban huevos, o una madeja de lana, o nada.

Yo la veía leer desde los seis años, sentada en un taburete y sin abrir la boca, porque si hablabas te mandaban fuera. A los once me dejó barajar. A los diecisiete me dejó tirar.

Las vecinas decían que tenía un don. Ella lo negaba siempre, y con mala cara. Su frase la repito tanto que ya es más mía que suya:

«Las cartas no te dicen lo que va a pasar. Te dicen lo que ya sabes y no te atreves a mirar.» — Carmen Ruiz Cobo, 1919–1996

1990–1996

Seis años de noches en el Guinardó

Me vine a Barcelona en septiembre de 1990, con diecinueve años y una maleta de esas duras con esquinas de metal. No vine a dedicarme al tarot: vine a estudiar. Saqué el título de auxiliar de enfermería y entré a trabajar en una residencia de ancianos del Guinardó.

Estuve seis años, casi todos en turno de noche. Si tengo que señalar dónde aprendí este oficio, no es en la cocina de mi abuela: es ahí.

De noche, en una residencia, la gente no disimula. A las cuatro de la mañana nadie tiene fuerzas para quedar bien. Aprendí a estar sentada al lado de alguien que tiene miedo sin decirle una sola mentira piadosa, que es mucho más difícil de lo que parece y es exactamente lo que hago ahora por teléfono.

También aprendí lo que no sirve. No sirve el «ya verás como todo se arregla». No sirve cambiar de tema. No sirve el optimismo de catálogo. Lo que sirve es escuchar hasta el final y luego decir la verdad, en voz baja.

Línea de tiempo

Treinta y dos años, contados por encima

  1. 1971

    Nazco en Selaya, Cantabria, la tercera de tres hermanos. Mi padre trabajaba en una quesería.

  2. 1977

    Veo leer las cartas a mi abuela por primera vez. Me dejan quedarme si no hablo.

  3. 1988

    Primera tirada mía, a una amiga del instituto, con la baraja española de la Carmina. Le dije una barbaridad y acerté por casualidad.

  4. 1990

    Me mudo a Barcelona. Vivo en una habitación realquilada en la calle Escorial.

  5. 1991–1996

    Auxiliar de geriatría en una residencia del Guinardó. Turnos de noche.

  6. 1994

    Una compañera me pide una tirada en serio y me paga dos mil pesetas que intento devolverle. Empiezo a leer los sábados por la tarde en un gabinete de la calle Verdi. Esta es la fecha que cuento como el principio.

  7. 1996

    Muere la Carmina. Dejo la residencia y me dedico solo a las cartas.

  8. 1997

    Una clienta me regala un Tarot de Marsella. Tardo un año en manejarlo y ya no vuelvo a la baraja española.

  9. 1999

    Nace Nora.

  10. 2003

    Abro consulta propia en un principal de la calle Torrijos, en Gràcia. Dos habitaciones: una para esperar y otra para leer.

  11. 2009

    Empiezo a atender por teléfono, primero a clientas que se habían mudado fuera y no querían cambiar de tarotista.

  12. 2016

    Cierro la consulta presencial. Desde entonces trabajo solo por teléfono, desde casa.

  13. 2019

    Se consolida el equipo de compañeros que atiende cuando yo no puedo.

  14. Hoy

    Más de 20.000 consultas y treinta y cuatro cuadernos de tapas de hule negro llenos.

Fotografía de los años noventa de Marta Tezanos con veintitrés años ante una baraja española extendida

1994

Por qué dejé de leer en persona

Cerré la consulta de Torrijos en 2016 y durante un par de años lo eché muchísimo de menos. Hoy ya no.

Por teléfono la gente cuenta antes la verdad. No hay que sostener una mirada, no hay que arreglarse para venir, no hay una sala de espera con otra persona mirándote los zapatos. Llamas desde tu cocina cuando los niños ya duermen y sueltas en tres minutos lo que en una consulta habría tardado media hora en salir.

Y hay algo más, que reconozco a regañadientes: sin la cara del otro delante leo mejor las cartas y peor los gestos. Eso me obliga a ser más honesta. En persona es muy fácil ir corrigiendo el rumbo según ves el gesto de la persona, y eso, aunque no lo quieras, es hacer trampa.

Mis compañeros

Cuando en la web pone «mis compañeros y yo» es literal. Somos un equipo pequeño de tarotistas y videntes repartidos por España. No es un centro de llamadas con gente leyendo un guion: es gente a la que conozco en persona y a la que he visto trabajar.

Yo atiendo mis llamadas. Cuando estoy durmiendo, cuando estoy con mi hija o cuando simplemente no puedo, coge el teléfono alguno de ellos. Todos trabajan con las mismas reglas que yo: nada de amarres, nada de fechas exactas, nada de asustar para vender.

Si alguna vez llamas y no te atiendo yo y prefieres esperarme, dilo sin ningún apuro. No pasa nada y no me ofendo.

Si has leído hasta aquí, ya nos conocemos un poco

Cuando quieras hablar, marca. No hace falta cita.