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Tarot 24 horas: quién llama a las tres de la mañana

De noche nadie tiene fuerzas para quedar bien. Eso lo aprendí en una residencia del Guinardó, no leyendo cartas.

La mesa de consulta de madrugada, iluminada solo por la lámpara de pantalla ámbar, con el cuaderno y el teléfono.

Mi teléfono está abierto las veinticuatro horas y no es una frase de anuncio: a las tres de la mañana suena, y bastante.

Trabajo mejor de noche desde que pasé seis años haciendo turnos en una residencia del Guinardó, entre 1991 y 1996. Si llamas de madrugada, es probable que me pilles a mí despierta. Y la madrugada tiene sus propias consultas.

Por qué de noche es distinto

Hay una cosa que aprendí de noche en la residencia, no leyendo cartas: a las cuatro de la mañana nadie tiene fuerzas para quedar bien.

De día la gente me cuenta su problema ordenadito, con su introducción y su contexto. De noche empiezan por el medio. «Es que no me lo puedo quitar de la cabeza.» Sin más. Y luego, si acaso, ya me explican qué es.

Eso hace que las consultas de madrugada sean más rápidas de leer y bastante más duras. Se llega antes a lo importante porque a esas horas nadie tiene fuerzas para el rodeo.

Lo que se pregunta a esas horas

De día se pregunta por el futuro. De noche se pregunta por el pasado.

De día me llaman para saber si van a encontrar trabajo, si va a volver, si saldrá bien. De madrugada me llaman para saber si hicieron bien. Si tenían que haberse ido antes. Si aquella decisión de hace seis años fue un error.

Son preguntas que las cartas responden regular, todo hay que decirlo. Lo que suelo hacer es girarlas: no se puede leer si hiciste bien, pero sí se puede leer qué estás cargando ahora por creer que hiciste mal.

De día se pregunta qué va a pasar. De madrugada se pregunta si uno hizo bien.

Lo que hago cuando no toca una tirada

Y aquí llega la parte importante del artículo, que es la que me hace escribirlo.

De madrugada llama gente que no necesita una tarotista. Necesita otra cosa. Y creo que se me nota bastante rápido cuando eso pasa, porque la voz al otro lado no busca una respuesta, busca que haya alguien.

Cuando lo noto hago siempre lo mismo:

  • No tiro las cartas. Sería cobrarte por algo que no te sirve.
  • Escucho el rato que haga falta y no te cobro la llamada. Esto lo digo en serio y lo cumplo.
  • Si veo que la cosa es seria, te doy un número que no es el mío: el 024, la línea de atención a la conducta suicida. Es gratuita, está abierta las veinticuatro horas y al otro lado hay gente formada para eso, que es exactamente lo que yo no soy.

Me da igual que esto suene mal en una web que vive de que la gente llame. Una tarotista no es una psicóloga, ni una médica, ni un servicio de urgencias. Quien te diga lo contrario a las cuatro de la mañana te está haciendo un daño enorme.

Y quién coge el teléfono si no soy yo

No soy inmortal ni tengo veinticuatro horas de vigilia. Cuando duermo, cuando estoy con mi hija o cuando simplemente no puedo, coge el teléfono alguno de mis compañeros: un equipo pequeño de tarotistas repartidos por España, gente a la que conozco en persona y a la que he visto trabajar.

Trabajan con las mismas reglas que yo. Nada de amarres, nada de fechas exactas, nada de asustar para vender, y el mismo criterio con las llamadas que no tocan.

Si llamas, no te atiendo yo y prefieres esperarme, dilo sin ningún apuro. No me ofendo lo más mínimo y es bastante frecuente.

Un consejo para las tres de la mañana

Si estás leyendo esto de madrugada y estás dudando si llamar, te dejo lo mismo que le digo a quien descuelga a esa hora.

Antes de marcar, pregúntate una cosa: ¿quiero una respuesta o quiero no estar sola? Las dos son razones perfectamente buenas para llamar, pero no se atienden igual, y si lo sabes tú de antemano ganamos diez minutos.

Y si la respuesta es la segunda, dímelo en cuanto descuelgue. No voy a tirar las cartas y no te voy a cobrar.

Pregúntame lo que quieras

Precio cerrado antes de empezar y, si al colgar no te ha servido, te devuelvo el dinero.

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